CON AUTE, EL PRIMER HOMBRE, RUMBO A ÁFRICA

El jueves, después de dos semanas sin verte, pasamos juntos un par de horas deliciosas. Coincidí con nuestra amiga Cristina González Narea. Te abrí el regalo que te llevaba: una libreta de color caramelo, con un poema manuscrito dedicado para ti, y un tubo de lápices con colas de diamante de colores. Te lo acercabas a la boca como si fuese un micro. Qué gracioso y qué guapo estabas. -Esto para que escribas los poemigas del Animal regresado -, te insinué.

Cuando te traían la cena, y ya nos levantamos para dejarte tranquilo, me pediste que volviese después para leerte el poema. Bajé a la calle media hora para tomar una cerveza y liarme un cigarrillo. Le dije a tu “corista” chilena: Sabía que no se nos iba, tenía tanta fe y tanto amor en la patata para darle, como todos los amigos que me escribían o llamaban preguntando por él, o dejaban mensajes en este muro de caras… Sabía que si le invocábamos con fuerza renacería y volví a rezar como un niño a todas horas, recordando su luz, su grandeza y todo lo que nos dio.

Subí de nuevo a tu habitación. Después de leerte el poema me apretaste la mano y me pediste más. Y entonces, Eduardo, ya me desarmaste y azorado busqué en mis correos del móvil versos de “Chinita o la belleza del error”, un librito casi acabado de este verano. Siempre vas dos libros míos por delante de los demás. Ya cuando te vi bostezar,jajaja, con el aprendiz de poeta baturro, te puse chistes de Chiquito de la Calzada.

Y vino lo mejor: Lloramos de risa literalmente quince o veinte minutos. Yo miraba incrédulo y sorprendido al amigo y hermano mayor que –recién llegado a Madrid- conocí hace más de treinta años. Un torbellino de emociones lloraba de alegría en mi interior. Hace apenas dos meses muchos ya te daban por muerto.

Te sentí más humano, cariñoso, sincero y curioso que nunca, frágil y sabio, atento a quien llamaba a la puerta, coqueto, bromeamos con las enfermeras guapas. Sin miedo a la muerte, libre de compromisos y piedras de Sísifo, sin sonreír a quien no te apetece. Agradecido contra el orden mortal del mundo por esta prórroga que los dioses te han concedido y el regalo de una segunda vida. -Quedan muchas cosas por hacer y decir-, susurraste.

Tus chicas te besaban y decían: Somos tus garrapatas. Y yo también celebraba tu piel y te comía a besos en esa habitación, de tu alma con ventanales, donde se respiraba esa energía para construir las nuevas ilusiones y la conquista del espacio y el tiempo para el amor en su prórroga. Otra vez vivir y descubrir el mundo. Recordar significa pasar dos veces por el corazón. Y en ese momento recordé a Albert Camus: “Hay seres que justifican el mundo, que te ayudan a vivir con su sola presencia”.

Rompo este voto de silencio, y penitencia de desconexión de redes, para cumplir con un recado que me hizo el Jefe cuando me despedía: Dales besos a todos y diles que les quiero.

Me bajo al Sahel lleno de ternura y amor con “El primer hombre” de Camus y la alegría de saberte vivo, Eduardo, “queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”.

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