GRACIAS, JOSÉ

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Gracias José por tu cariño, por tu amistad, por tu bonhomía y tu pachorra. Gracias por llevarme a vuestras habitaciones de la Residencia en los años veinte, a la Posada de la Sangre en Toledo, a las correrías de vinazo y fantasmas, a Salamanca, al Madrid en los días de preguerra civil…Gracias por describirme los ojos de Ava Gadner a 50 centímetros de distancia.

Gracias por abrirme tu casa de la Prospe las veces que hubo falta, por el placer de orinar en tu baño frente a un Dalí original, por el güisqui y la cerveza que nos trasegamos juntos (tú cuando todos estábamos por los suelos decías “¿bueno, qué, nos tomamos el remate?”), por permitirme grabarte durante horas para mi disco “Buñuel del desierto”(esos testimonios se los pasé después a David Castillo y Marc Sardá para el libro Conversaciones con José “Pepín” Bello que publicó Anagrama el año pasado; por cierto, la foto de la solapa os la hice yo).

Gracias por presentar mi disco libro en la Filmoteca de Madrid, (aquella noche nos fuimos a cenar a la calle Cervantes y tu caminabas tan jaque agarrado del ganchete de Miki), por aquella otra noche de Todos los Santos que nos fuimos a un mejicano a celebrar el día de muertitos y me dijiste con 97 años que habías dejado el alcohol duro pero te me bebiste una margarita de un sorbo, por aquella otra que fuimos a cenar a casa de Arlette y Julián, te habían preparado un rosbif y tú soltaste “es lo único que no me gusta”. Fuiste el hombre más feliz de la tierra cuando te compraron un microondas y ahí te calentabas tu plato favorito: latas de fabada Litoral. Aunque los tetrabriks de gazpacho en invierno iban raudos y vacíos al cubo de la basura.

Gracias José, amigo. Genial hasta en la forma de morir. Tenías insomnio crónico y te metías somníferos a paladas, pero debiste echar una cabezadita de madrugada y por fin regresaste con Luis, con Salvador, con Federico, con Rafael, con Ignacio Sánchez Mejías, con tantos que se morían de envidia por celebrar en la “Resi” tu 103 cumpleaños y por tu mejor obra de bartleby: la vida bien bebida y apurada…
No fui ayer al Tanatorio ni esta mañana a tu entierro porque otra vida, la de mi perra Berta, ha estado a punto de escapársenos esta semana y hemos andado de veterinarios y pasado del diagnóstico de una gastroenteritis de caballo al de una perforación de esófago mortal y finalmente ayer por la noche la operaron de urgencia y le extrajeron desde el estómago un calcetín media que ocupaba sus intestinos. Ella tiene un año y un mes y tú hubieses cumplido 104 en mayo. Ah, la vida. La vida es una continua despedida y con cada adiós uno aprende, como dice ese texto erróneamente atribuido a Borges al que le he puesto música. Y uno aprende a dar las gracias a los demás, a los desconocidos por pequeños detalles y a las personas que te amaron y te regalaron su tiempo y su amistad, antes de que se vayan.
Por cierto: Gracias Emilia, Nina y Eva. Gracias César, Prado y Ann de la clínica veterinaria El Naranjo de Fuenlabrada, por salvar la vida de Berta.

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El único poema, un caligrama, que publicó Pepín Bello durante toda su vida. Lo hizo en 1929.