OPERACIÓN CANAL DE GUYÓN

Suena a los cañones de Navarone y a nombre de película de guerra. También a las galletas que le gustaban a Matilde, mi suegra. Pero finalmente es lo que toca: pasar por el quirófano, abrirme la muñeca y confiar en que todo vaya bien. La fecha: el 24 de octubre. Luego, según el cirujano (el doctor José Luis de Haro Monreal del Hospital San Rafael) , y si todo va bien, cuatro o cinco meses de rehabilitación no me los quita nadie.
Esos meses serán mi particular operación Triunfo. El triunfo de la voluntad (no confundir con la peli de Leni Riefenstahl de propaganda del nazismo), del tesón, la paciencia, la humildad, de mantener vivas las ascuas de la ilusión en las horas bajas, de templar mi carácter impulsivo y de hombre de acción en agua fría, de afinar las emociones y extraerle una música más lenta y más dulce a la vida. La teoría me la sé, veremos si la praxis va a la par.

Entré en Internet en algunos foros y he comprobado al hablar con algunos colegas guitarristas que han tenido la misma patología, que algunos quedan bien y otros no tanto. Un 80% de recuperación del nervio para una persona normal es un éxito, pero un pianista, violinista o guitarrista necesita el cien por cien de su capacidad motora en las manos. Espero no tener que pasar por el calvario y la lucha ejemplar de José María Bailo.
Mi agradecimiento al doctor Carlos Gómez de Argentina que lleva el foro de salud y guitarra, (es también guitarrista) y me ha asesorado y aconsejado la operación. Después me ha propuesto un plan de trabajo, debo cambiar mi forma de tocar la guitarra (esto también va a ser jodido después de veintitantos años), adoptar la posición fisiológica y tocar en sesiones de tiempo razonable y con descanso.

Desde el 18 de abril que me accidenté en Fraga por un sobreesfuerzo descargando la furgoneta y después me rompí sobre el escenario en mitad de la canción “Mi pequeño basilisco” (esa canción está repleta de cambios y acordes de cejilla en la guitarra), no he levantado cabeza. He vuelto a tocar la guitarra en pocas ocasiones desde entonces y cada vez que lo he hecho ha sido para constatar los mismos escollos insalvables: falta de fuerza, los dedos meñique y anular completamente dormidos, imposibilidad de utilizar el dedo índice para poner acordes con cejilla. Impotencia y frustración. Tengo el mono del super yonqui  por volver a tocar mi Pilarín coreana que ha cumplido diez años este mes y me ha acompañado por todo el mundo, mi Marieta ligera y desmontable cuyo antiguo dueño fue  Antonio Vega, mi vieja Telecaster Vintage roja  de 1987, de la época de Petisme y los Sin Techo con Javier Vargas en la banda, mi Camps de caja fina… y llevo ya 60 días sin acariciar sus almas (así se llama a la unión del cuerpo y el mástil de las guitarras) de seis cuerdas.

“Doscientos veinte días sin guitarra” o “Canciones con la mano derecha” pueden ser títulos para un disco. Eso, si para cuando me cure no ha desaparecido el CD o todavía alguien se arriesga a grabarme un disco. Que cada vez se venden menos y se cuentan con los dedos de una mano las radios y televisiones con interés por difundir música personal y diferente a los patrones comerciales. En fin, detesto el victimismo y Calimero nunca fue uno de mis dibujos animados preferidos. La realidad es como es y, aunque me niegue a aceptarla, las fuerzas para luchar y cambiarla ya no son las mismas que cuando tenía treinta años. A veces uno siente en las grietas del alma esa laxitud de los héroes cansados. Y me recito a mi mismo un verso que escribí para mi libro “Insomnio de Ramalah”: Los hombres libres luchan hasta después de muertos.
Menos mal, como me dicen algunos amigos, que tengo la escritura. Es un privilegio, desde luego. También alguna amiga me ha sugerido “con lo que sexy que tú eres y lo bonito que caminas, podías bailar sobre el escenario, arrasarías”. ¿Pero entonces de qué iban a vivir Miguel Bosé, Chayanne y Riki Martin? No perder las ganas de reír es importante. Confío en que durante este tiempo que no podré escribir en el blog me cuenten muchos chistes y me empujen para seguir “viviendo con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia”, como escribió Antonio Gramsci.