VIGÍA EN EL BOCHORNO

Terminé de corregir y revisar las pruebas del nuevo libro. Como en toda refriega (por no hablar de batalla declarada ante el espejo del monitor y el papel) ha habido algunas bajas, algunos poemas, versos que dormirán el sueño de los justos para siempre. Sacrificios desde la roca Tarpeya de Esparta. Las palabras más débiles, las que no sirven para la guerra y el amor se despeñaron. Hasta los poetas somos crueles. El libro comienza con una cita del poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade que me parece toda una invitación:

“Sin embargo algunos se salvaron y trajeron la noticia
de que el mundo, el gran mundo está creciendo todos los días
entre el fuego y el amor.”

Finalmente el cuadro que hemos elegido de mutuo acuerdo Ignacio Fortún y yo para la portada de “Demolición del arco iris” es el que él, en su última exposición “Tránsito”, titula; “Retorno”. Los que hayáis hecho el trayecto en autobús Barcelona-Zaragoza-Madrid, o a la inversa, ya sabéis que es Esteras de Medinaceli (Soria). Uno de esos autoservicios venidos a menos, en mitad de la nada del páramo soriano, con cafetería y un frío comedor atendido por chicas rumanas o latinoamericanas. Allí, de un manantialito que brota de la tierra, junto a un criadero de truchas donde no hay truchas, nace el Jalón. El río que pasa por el pueblo donde nací: Calatayud. A menudo, en esa parada de veinte minutos me gusta acercarme a ese arroyuelo a echar un cigarrito y caminar bajo los altos olmos machadianos.  A veces bromeando algún amigo que te llama al móvil te pregunta si viajas en cayuco o en patera, en función de la cantidad de  inmigrantes , muchos, que te acompañan en el viaje. 

Hay un texto dentro de “Demolición del arco iris” que escribí para una exposición de pintura de Ignacio Fortún en 2000 que habla del futuro de su pintura y los paisajes límite. Este cuadro y los que aparecían en las ideas de portadas del post anterior son ya presente y una buena muestra de esas demoliciones interiores.

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VIGÍA EN EL BOCHORNO

Cuando leí la correspondencia entre Julio Cortázar y el poeta cubano Roberto Fernández Retamar me acordé de ti. El argentino le recordaba una cita de André Gide: Puede que todo esté dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a empezar de nuevo.
También tú, como Charlie Parker, ese perseguidor del relato de Cortázar, pretendes sacarle al metal música indómita, un fulgor perdido en el iris, un balbuceo de vida antes de la devastación. Vida de aquel hombre que, sentado sobre la taza del váter, se le metió un desierto dentro.
Hace tiempo que se despoblaron de anécdotas y guiños fáciles a la galería tus sueños de pintor. Cáustico, terco y paciente como un vigía de la turbación, has oído ese silencio estremecedor después del grito y lo llevas pintando lenta, minuciosa, escrupulosamente. No tienes prisa. Amas tu oficio. Y en el amor no hay prisa.
Conforme se ha ido desnudando, deshabitando de voces y ladridos, de liturgias, de radios encendidas y flautas de afilador, tu pincel se ha tornado cada vez más dolorosamente humano e inquietante. Algo queda en los ojos después del desasosegante destello del zinc, de esas calles que fueron huertas, que no es el frío de la soledad ni el olor del silencio ni el viento del desarraigo. Algo profundamente tierno, un zumbido de oxígeno, una llamada susurrante a la reconciliación, después de tanto desencuentro entre naturaleza y hombre. Adolfo Ayuso ha descrito con maestría esta sensación: tocar con dulzura la cabeza de un monstruo.
Da gusto encontrarse, en estos tiempos en que la gente tiene tanto miedo que para vender humo se fusiona con su peor enemigo, con un hombre de fe. Un hombre tranquilo. Que cree en la pintura como una pasión útil.

Encaramado a una capitana, esos arbustos que arrastra el viento en las películas del oeste, te has enfundado tus gafas hiperbólicas, has anudado al cuello tu pañuelo de gitano de la Magdalena y cual hormiga atómica de los Monegros has roto la barrera del espacio-tiempo y has dotado a este barrio zaragozano, que son los barrios del Sistema Solar, de todos los sortilegios, estaciones, toda la luz y todas las preguntas. Como un libro de horas.
En el colmo de la generosidad, el pintor ha querido que cada uno de nosotros gozásemos de un cuadro único y original. Un instante de belleza genética, intransferible y personal.
En este barrio, sin motos náuticas amarradas en las aceras, pero vivo como un espejo, depende de dónde pises o a qué hora del día lo visites, recibirás distintas “iluminaciones”. Depende de la luz que tú proyectes, del latido que traigas, el cuadro te la devolverá con creces y te bombeará un caleidoscopio de emociones y silencios perturbadores.
Tienes una obsesión por llevarnos a los paisajes límite que emborracha como el abismo. ¡Y tiemblo como nos lleves en el futuro a los límites de la supervivencia y del insomnio que son las pensiones baratas! Cuanto más baratas, más secretos, amenazas, desolaciones podrá capturar este perseguidor.
Puede que todo esté pintado, pero como nadie mira (y el que mira no ve), has decidido comenzar de nuevo. Y por si algún día nos quedásemos ciegos el vigía sigue, bajo el bochorno, perfilando los cambios, componiendo el extrañamiento.
En estos días en que Madrid, el gran geriátrico, está llena de estrechez y virtualidad yo celebro que tú nos la agrandes de horizontes y verdad con otras calles.

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