YA SOMOS TRES

Berta ha vuelto a casa con su energía, su candor y sus travesuras de cachorro teckel, llenándolo todo de vida, juegos y carreras. El jueves en un despiste me trituró las gafas de leer y “El libro de los abrazos” de Eduardo Galeano, el viernes unas chanclas mías, unos zapatos de Miky y una bandejita de madera para quemar barritas aromáticas. Esta mañana un reloj con forma de cd con el poema de Alberti “Se equivocó la paloma”. El sábado hicimos fiesta en el patio de la comunidad de vecinos para cerrar el verano y la temporada de piscina. A las cuatro de la mañana con media botella de ron pampero me puse a corretear con ella sobre el jardín recién regado y me pegué un castañazo de aúpa. Esguince de nuevo en el pulgar de la mano derecha.

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Picasso, que también corría desnudo y borracho por el mundo y había tenido otros perros antes, cayó prendado por la simpatía de Lump (granujilla en alemán), el teckel de su amigo el fotógrafo David Douglas Duncan. Tanto que Duncan se lo regaló en 1957. Plot ediciones acaba de editar el libro “Picasso & Lump”.

Berta ha venido para quedarse. María, su dueña original (la hija de Isabel, protagonista de mi canción Golpes de mar) acaba de regresar de vacaciones de Zanzíbar y se va a vivir a Singapur con Tom, su novio inglés. Juan, el otro hijo de Isabel, ha llegado de Río de Janeiro con Maité, una belleza brasileira de rasgos indios, y se van a cruzar el Sáhara hasta llegar a Nuakchott, capital de Mauritania. Una familia cosmopolita, sí. He oído que en Singapur se comen a los perros. Yo tengo una canción para bailar con un perro salchicha: Hey Singapur, talibán, malayo o chino, ¿quién eres tú?. 

 Hace ya cinco años que Moi se fue al cielo de los gatos, al día siguiente que la madre de mi amigo Antoniet. El dolor no tiene categorías; perder a una madre debe ser un hachazo en el alma y también hay personas que nunca se recuperan de un amor de juventud. El dolor es también único e intransferible, por eso hay gente que no sabe qué decir al dar el pésame. Perder a tu mascota es lo más parecido a perder a un hijo, es contranatura, no estás preparado (o al menos yo no lo estaba hace cinco años). Ahora, al decidir adoptar a Berta ya he puesto en la balanza esos días de veterinarios y ese momento del adiós. No vas a dejar de oler las rosas porque una te pinchó…

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Es bueno para un artista ensimismado entre cuatro paredes tener un perro que le saque a pasear y le obligue a agacharse y meter la mano en una bolsita negra. Un paréntesis de corte filosófico: No me extraña que este mundo vaya como va si hay gente que no está dispuesta a recoger las cacas de su perro en la acera. ¿Quién es el animal?

Ahora, mientras escribo,  en vez del mechero me encuentro en los bolsillos huesitos de galleta. Berta lame mi mano dormida y mueve el rabo. Es la hora.